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Policia secuestrado en Saraguro sufrió violencia indigena

Quito. Golpearon a más no poder su cuerpo, le pusieron agua con ají en los ojos, y hasta quisieron castrarlo. Las acciones lastimaron su parte física más no derrotaron el espíritu y la preparación del policía Jaime Revilla Trelles. El agente fue secuestrado este lunes en la tarde por un grupo de indígenas en Saraguro, provincia de Loja, en medio de las protestas en contra del Gobierno.

Junto a él también fueron retenidos María Fárez, jefa política del cantón Saraguro y Edwin Morocho comisario nacional de policía. Estos últimos fueron liberados la noche del mismo lunes. Revilla, no. El hombre tuvo una historia a parte con sus secuestradores y cuyo desenlace fue digno de un guión heroico, casi trágico. Durante las últimas semanas 114 policías fueron heridos en las protestas, la mayoría con golpes y lesiones en sus extremidades.

El lunes 17 de agosto es una fecha que quedó marcada en la vida del policía Revilla. Su estado psicológico es una mezcla de tristeza, nerviosismo y preocupación. A momentos quiere llorar, a veces se tranquiliza, pero siempre mira a sus costados. A pesar de sus notorios golpes en su frente y brazos, su voz es serena y con elocuencia cuenta su vivencia.

Secuestro

Mientras recorría la zona de la Unidad de Policía Comunitaria (UPC) El Tablón, en su motocicleta, la radiopatrulla le ordenó que se dirija hacia el Parque de La Cultura entre las avenidas Eloy Alfaro y Calasanz para detener a cerca de 50 personas que intentaba agredir a la Jefa Política y al Comisario.

Cuando llegó al sitio los manifestantes le rodearon y no dejaron que siga en su motocicleta. El hombre se bajó de la misma y les dijo que se tranquilicen, pero la respuesta fue insultos y golpes. Los marchantes lo llevaron hacia la casa de la Federación Interprovincial de Indígenas de Saraguro (FIIS). Allí lo arrodillaron y le arrojaron agua con ají en los ojos para luego taparle el rostro y amarrarle un trapo en la boca.

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Vestido de mujer

“Me ardían los ojos y no podía ver, pero escuché que me iban a quemar y que iban a tomar venganza porque supuestamente los policías habían golpeado y arrojado gas a los protestantes”. Luego, lo ingresaron a una habitación y le vistieron de mujer, con anacos y demás vestimenta indígena femenina.

Esto según los secuestradores para poder movilizarlo y llevarlo hacia la comunidad de Cañicapac. “Me sacaron en un vehículo y me llevaron a ese sitio, fueron las horas más largas de mi vida, siempre me golpeaban y me lanzaban agua con ají”.

Ya en la comunidad, un hombre se aceró a Revilla y le dijo que le iba a castrar porque a su padre le hicieron lo mismo. Otro se le acercó y trató de ahorcarlo con un trapo. “Ellos me decían que desde la época de Atahualpa fueron asesinados y que siempre los hicieron de menos”. En eso, pasó una mujer y dijo que debían esperar a que lleguen otros dirigentes para organizar el castigo que tendría.

Revilla se acordaba de su hijo de su esposa y de su familia. Por su mente solo pasaban ideas de fuga y los deseos regresar junto a sus seres queridos. Era el momento de planificar su escape. A modo de película Revilla contó que un hombre lo sacudió tan fuerte, que golpeó su cabeza contra el piso.

Escape

Con esa acción se hizo el dormido y sus captores pensaron que quedó inconsciente. Le dieron agua con ají y al no obtener respuesta del policía lo esposaron y los dejaron en una habitación. El policía no sabía dónde se hallaba, pero no había otro camino que escapar.

Con las técnicas enseñadas en la Policía y con un poco de creatividad se quitó una las esposas y todas los trapos que le impedían ver y hablar. Una ventana de 50 por 50 centímetros fue su ruta de escape. Se dirigió hasta una montaña y se escondió en unos matorrales hasta que llegara la noche.

Cuando sus captores se dieron cuenta que había escapado empezó una búsqueda con machetes, perros y armas por toda la zona. La oscuridad fue su aliada, el policía Revilla caminó por cerca de cinco horas sin un destino fijo. Estaba rodeado por los grupos indígenas.

Su determinación fue más grande que el cansancio y llegó hasta el hospital de Saraguro, en donde suplicó al guardia de seguridad que lo ayudara y que llamara a sus compañeros. Eran las 01h00 del martes 18 de agosto. El guardia le dijo que él lo había visto cuando lo llevaban detenido.

Desde un UPC ubicado en la provincia y rodeados de decenas de policías, Revilla confiesa que aun así no se siente seguro. Espera estar pronto con su familia a quien extraña. Vestido con el calentador de la Policía, el gendarme se pierde entre los agentes, no sin antes decir que ahora es un experto en jugar a las escondidas. OR/Redacción Quito.


 

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